Teoría King Kong: ¿Visión rompedora y molesta de la realidad o una llamada al conformismo consciente?

 Antes de comenzar esta reflexión en torno a La teoría King Kong me planteé de qué forma enfocarla. El texto, cargado de ejemplos concretos y contradicciones, daba pie a un enfoque sarcástico, pero suelo reservar el humor para aquellas personas que no merecen mi respeto y no es el caso de la autora de este libro. Despentes es, ante todo y como ella misma dice en la introducción, una mujer, una mujer fea, no querida, violada, machacada por la sociedad que la ha educado, y este libro bien podría ser su diario, ese que todas nosotras hemos escrito en algún momento de nuestra vida con el afán, no sólo de contar nuestras experiencias, sino de reflexionar sobre lo que nos rodea. Quizás por eso empatizar con la autora no es complicado, todas hemos sido, en algún momento, chicas dañadas, mujeres enfadadas por la posición en la que la sociedad nos pone, personas confundidas que no encuentran el límite entre lo que sienten y lo que pretenden hacerles sentir. Por ello, La teoría King Kong, a pesar de no ser un texto filosófico ni un ensayo social, a pesar de sus contradicciones y su análisis centrado sólo en una esfera concreta de la sociedad europea, es un texto reconocido y leído con frecuencia. Todas hemos sido Despentes y todas necesitamos un espacio en el que reconocernos en nuestro enfado.

Las primeras contradicciones que encuentro al leer están en la reflexión dentro de la autobiografía con la que introduce el texto. Explica cómo de joven era una chica a la que le gustaba follar y masturbarse frecuentemente, asegurando disfrutar con ello. Hasta aquí todo bien. Poco después  cuenta como fue violada al hacer autoestop y explica que durante un tiempo ejerció de prostituta. Los siguientes párrafos son un cúmulo de contradicciones “las mujeres de mi edad son las primeras que pueden vivir una vida sin sexo, sin tener que entrar en un convento. El matrimonio forzado se ha vuelto insólito.”

Y aquí no me queda más remedio que hacer la primera parada y nombrar una palabra demasiado en moda hoy en día, interseccionalidad. El feminismo es, inevitablemente, para todas, no sólo para las francesas o europeas de clase media y cultura occidental. Decir que el matrimonio forzado se ha vuelto insólito es como decir que hemos acabado con la ablación o la trata de mujeres. Ni siquiera es necesario salir de Europa para ver cómo en muchas culturas que conviven con la de la escritora, el matrimonio forzado, el matrimonio de niñas, el matrimonio dentro de etnias, sigue siendo una “tradición” preservada igual que otras, como el uso del velo o la prueba del pañuelo, así que no, no es insólito que una familia fuerce a una menor o joven a casarse con quien no desea, ni que un padre venda a su hija a cambio de una mediocre dote.

Tampoco es cierto, que ajenas a este matrimonio forzado, a las mujeres ya se nos permita vivir una vida sin sexo, y Despentes, que ha sido violada, debería saberlo mejor que nadie. Las violaciones, los abusos de menores, la trata de mujeres, la prostitución, son ejemplos terroríficos y actuales de cómo a las mujeres se nos sigue obligando a tener sexo no deseado, o mejor dicho, a ser receptáculos del sexo de los hombres de forma no deseada.
A partir de aquí hace un rápido barrido sobre lo que entiende por los roles de género femenino, (moda, dietas y maternidad, básicamente) y por los roles masculinos (pobrecitos hombres que no pueden llorar), asegurando que el único beneficiado de estas relaciones de género es el estado o el capitalismo, obviando, de un plumazo, los privilegios masculinos de todas las sociedades patriarcales, capitalistas o no.

“Esta ventaja política que se les había concedido (a los hombres) tenía un coste: el cuerpo de las mujeres pertenecía a los hombres; en contrapartida, el cuerpo de los hombres pertenecía a la producción, en tiempos de paz, y al Estado, en tiempos de guerra. La confiscación del cuerpo de las mujeres se produce al mismo tiempo que la confiscación del cuerpo de los hombres. Los únicos que salen ganando en este negocio son los dirigentes.”

Y remata el capítulo: “El capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados, como lo están todas las mujeres”.
Decir que la mujer no ha formado parte de la producción es como decir que la sociedad rural se mantenía sólo del trabajo en el campo o con el ganado (también llevado a cabo por mujeres, por cierto). Se podrían escribir páginas enteras de las actividades productivas que realizaban las mujeres en sus hogares o en su comunidad, antes de la llegada de la industria: panaderas, costureras, cesteras, azabacheras, cunqueiras, bordadoras, tejedoras, comerciantes, peluqueras, lecheras, parteras, lavanderas, alfareras, posaderas, curanderas, mondongueras, rederas, sardineras… si a esto añadimos el trabajo en el hogar, donde se autoproducía (de mano de las mujeres) el queso, las velas, el jabón, la ropa…, y el cuidado de los infantes, poco queda del argumento de Despentes sobre la producción, aunque quizás se refería a la era industrial, así que vamos a ver qué pasó con la llegada de las fábricas y las grandes urbes.

Como nos cuentan Nuria Varela en su libro Feminismo para principiantes: “las trabajadoras representaban una anomalía que no se sabía cómo tratar. Son un problema puesto que compatibilizan la feminidad y el trabajo asalariado y participan tanto en la producción y el ámbito privado como en la producción industrial, es decir, en el ámbito público.”
Trabajos asociados hoy día con lo masculino, estaban plagados de mujeres que ejercían puestos cercanos a la esclavitud, con jornadas de más de 12 horas en la fábrica o en la mina, que luego ampliaban al llegar al hogar donde toda la carga de cuidado y de tareas era suya. Así que no, no es exclusivo del hombre el haber sido utilizado para la producción, ni el capitalismo es una religión igualitarista, ya que ese falso equilibrio en la balanza de “cuerpo de las mujeres-producción de los hombres”, no es real, la principal diferencia entre la producción masculina y femenina a lo largo de la historia, es que la segunda, frecuentemente, no era remunerada.
Su discurso pierde sentido cuando habla de la lucha feminista y en el mismo párrafo niega la desigualdad patriarcal.
De paso hablar, ya que ella menciona los periodos de guerra, de la falsa idea de que los hombres son los únicos que sufren las consecuencias de las mismas, que es por cierto, uno de los “argumentos” favoritos de los machistas cuando hablan de los supuestos privilegios femeninos. No haber sido mano de obra en la batalla como soldados (aunque eso depende del conflicto ya que no siempre fue así), no nos hace estar exentas de horrores concretos a nuestro género durante las guerra: las violaciones, el uso de mujeres como incubadoras en casas como Lebersborn, las mutilaciones de senos, torturas, tratamientos humillantes que son especialmente horribles cuando se trata de mujeres y niños. Por ello, Naciones Unidas pone en marcha en 1974 la Declaración de Protección de Niños y Mujeres en Conflictos Armados, dados los serios daños y el sufrimiento de actos inhumanos durante los conflictos armados. La guerra es un infierno, y ningún sexo queda libre de él.
En el segundo capítulo, titulado “Imposible violar una mujer tan viciosa”, se mete de lleno en temas relacionados con las violaciones, el porno y la prostitución. Lo más doloroso es ver cómo normaliza la agresión sufrida junto a una amiga. Describe perfectamente cómo, en esta sociedad de la violación, asumimos ciertas circunstancias o utilizamos eufemismos para culpar a las víctimas. Es cierto que hay muchas más violaciones de las denunciadas, es cierto que muchas niñas o chicas ni siquiera se dan cuenta de lo que les está pasando o no se atreven a hablarlo, es cierto que la sociedad entera descarga al violador de culpa para echarla encima de la víctima, pero eso no es excusa para normalizarlo aún más. Después de ser violada Despentes busca desesperadamente una novela, un texto en el que verse reflejada y topa con Camile Plagia. El hecho de que hablen de levantarse y desempolvarse después de sufrir una agresion sexual me parece fantástico, la manera que tienen de hablar de las que no lo consiguen me parece escandalosa, la actitud derrotista en la que tenemos que asumir la violación como algo inevitable en nuestra condición de mujeres, también:
“Si te suceda, levántate, dust yourself, y pasa a otra cosa. Y si eso te da demasiado miedo, entonces quédate en casa de mamá y hazte la manicura”, C. Plagia.
“Ella hacía de la violación una circunstancia política, algo que debíamos a aprender a encajar… se trata de vivir con.”
“Nos obstinamos en hacer como si la violación fuera algo extraordinario y periférico, fuera de la sexualidad, evitable… por el contrario, está en el centro, en el corazón, en la base de nuestra sexualidad”
Es cierto que la violación existe desde tiempos inmemoriales y que hasta en el arte es retratada y representada, como indica Despentes, pero asociarla a lo inevitable e incluso a la sexualidad, cuando se trata de un ejercicio de poder y crueldad es omitir, una vez más, la carga patriarcal de esta sociedad.

Lo más incoherente es que en el mismo capítulo dice cosas como “La violación, el acto condenado del que no se debe hablar, sintetiza un conjunto de creencias fundamentales sobre la virilidad”. Por un lado culpa a la sociedad de la educación masculina en una virilidad insana, por el otro habla de que esa virilidad es inevitable. Primero habla de como la sociedad culpabiliza a las víctimas, y luego concluye que ellas son las que se autoculpan por haber tenido fantasías con la violación de forma previa. De cualquier manera propone, que ya que esta es una característica social que no podemos evitar, en vez de luchar contra ella, o atajarla de raíz, la asumamos como peligro asociado a nuestro género. Lo siento, pero a mí no me basta conformarme.
El tercer capítulo puede que sea el que más me ha incomodado, por decirlo suavemente. Comienza con una cita de Gail Pheterson que resume la idea de Despentes sobre las relaciones heterosexuales, obviando, una vez más, todo lo que no sea su entorno más cercano y todo lo que se salga del matrimonio voluntario por conveniencia económica y la prostitución “libre”.

 “… Ya sean públicamente consagradas por la idea del matrimonio o clandestinamente negociadas en la industria del sexo, las relaciones heterosexuales se construyen socialmente y psicológicamente sobre el postulado del derecho de los hombres sobre el trabajo de las mujeres.”
Para la escritora, cualquier mujer que no apoya la prostitución pasa a ser automáticamente “mujer respetable” mantenida a través de un contrato matrimonial. “Resulta difícil no pensar lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan del destino de las putas, es que en el fondo tienen miedo de la competencia: desleal, demasiado oportuna y directa. Si la prostituta ejerce su negocio en condiciones decentes, similares a la estética o la psiquiatra, si libera su actividad de todas las presiones legales que se ejercen actualmente sobre ella, entonces la posición de la mujer casada se vuelve de repente menos interesante. Porque si se banaliza el contrato de la prostitución, el contrato matrimonial aparece de modo más claro como lo que es: un intercambio en el que la mujer se compromete a efectuar un cierto número de tareas ingratas asegurando así el confort del hombre por una tarifa sin competencia alguna. Especialmente las tareas sexuales.”
Todo el capítulo, todo el libro, gira en torno a esta idea.
Lo primero, y de forma rápida ya que hay numerosos artículos que hablan del tema, el abolicionismo no es sinónimo de prohibicionismo. Las mujeres que luchan por implantar modelos, en cuanto a prostitución, como el sueco, lo hacen tras un riguroso análisis de lo que estos modelos suponen, en cuanto a prostitución y trata (de la cual la autora no habla pero que no podemos obviar puesto que representa la cara B de ese mundo). Suecia ha conseguido reducir la trata a mínimos históricos, las prostitutas, lejos de ser perseguidas, son apoyadas y ayudadas a encontrar otras formas de subsistencia. En el otro lado tenemos, por ejemplo a Alemania, donde la calidad de vida de las prostitutas desde la regulación, no sólo no ha mejorado, sino que ha empeorado: menos dinero por el mismo servicio, más clientes por noche… y ha conseguido además que aumente la trata (dada la mayor demanda) y que baje la edad de inicio.
Para seguir, la idea de que todas somos “Santas o Putas” (aunque he de reconocer que ella va un paso más allá y a las santas las mete en el mismo saco), es tan anticuada que me parece innecesario tener que explicar que no todas buscamos hombre para que nos mantenga, que no todas establecemos las relaciones matrimoniales en torno a la idea del sueño americano del matrimonio (mira tú que hasta hay feministas que luchan porque los hombres asuman los cuidados del hogar) y que ni siquiera todas nos casamos.
Es más, establecer la premisa de que las mujeres “mantenidas” en el matrimonio, es decir aquellas que se dedican al hogar mientras sus maridos traen dinero, se están prostituyendo, como si este tipo de matrimonio hubiera sido, a lo largo de la historia, una opción, es una vez más, falso. Hasta el siglo pasado (hablando sólo de Europa, como hace la autora) las mujeres no podían tener propiedades, pedir préstamos o votar. El matrimonio no era una opción, pasabas inevitablemente de manos de tu padre a manos de tu marido, o te quedabas en las del primero. Hablar de esta condición de subordinación total a la que hemos estado las mujeres a lo largo de toda la historia como si de prostitución se tratara es negar que tengamos derecho a los derechos fundamentales. O te subordinas al varón (bien a través de la prostitución, bien en el matrimonio) o no existes. En esa posición nos deja la autora al 50% de la población mundial.

En demasiados lugares del mundo, que no en la mayor parte de Europa, este tipo matrimonio sigue siendo la norma, en muchos es una mera compra venta de una mujer o niña a cambio de una dote, pero esto no es prostitución sino esclavitud. Que una niña pase de ser propiedad de su padre a serlo de un hombre que podría ser su abuelo, para que la viole todos los días, la use de mano de obra para el hogar, la humille y la trate como a un objeto desechable, en cualquier caso sería trata y esclavitud, no prostitución.
Pero ella basa toda su teoría en esto y por eso plantea la opción de cobrar por esos servicios sociales y salvaguardar así la libertad, porque no contempla una vida en las que las mujeres no se subordinen ni se prostituyan, tampoco una vida en las que las mujeres tengan sexo por deseo propio ni por supuesto establezcan relaciones igualitarias con hombres. Lo que no entiendo es porque asocia su teoría con el feminismo.
“No nos da miedo que no sobrevivan (dice imaginando una voz social), al contrario, lo que nos da miedo es que se diga que ese trabajo no es tan aterrador como parece. Y no sólo porque todo trabajo es degradante, difícil, duro. Sino porque muchos hombres nunca son tan amables como cuando están con una puta”.
“Todas no venimos de las clases sociales superiores, a todas no nos han entrenado para sacar el máximo dinero de los hombres (refiriéndose al matrimonio). Y, además, algunas preferimos el dinero que ganamos nosotras mismas (a través de la prostitución)”
Y cita a Pheterson: “Lo que resulta inaceptable no es que se gratifique materialmente a una mujer a cambio de satisfacer el deseo de un hombre, sino que se pida esa gratificación de forma explícita”
La siguiente parte, en la que explica cómo durante los dos años que se prostituyó, sólo encontró hombres ,maravillosos y amables, no la voy a contestar yo, sino que directamente utilizaré las palabras de supervivientes de la prostitución sobre sus “bondadosos” clientes.
“Querido” prostituidor pienso en ti con odio porque eres la pieza clave de todos nuestros sufrimientos y en cambio tú te sientes con poder de hacer esto y te crees un gran hombre. Pienso en ti con asco porque en realidad nunca me apetecía follar contigo, menos todavía cuando tenía hemorragias o algún dolor y tenía que estar disponible. Para mí, tus penetraciones eran violaciones, jamás lo voy a olvidar, jamás… Me acuerdo de cuando te suplicaba con la mirada llena de lágrimas para que pararas de violarme y no me hacías caso, estabas demasiado concentrado en pasártelo bien a costa de mi dolor y sufrimiento. Me acuerdo tanto de tu frase:” Pagó por ti y hago lo que me da la gana”… y lo hacías sin pensar que lo que tenías delante era una mujer y no un objeto de consumo.

Carta a mi prostituidor

Elena, superviviente de trata
“…Otra herramienta de coacción eran los foros de internet. Allí los abusadores exponen sus hazañas como si de una cacería se tratase, cuentan los detalles de los encuentros y las características de las chicas. Aquello era una pesadilla, te pedían servicios gratis para darte buena publicidad. Una mala crítica en esos foros y tú proxeneta te hacía costear las pérdidas…

Puedo contar muchas historias humillantes, pero resumiré diciendo que la gran mayoría usaban mi cuerpo sin mirarme a la cara, como un juguete sexual a pilas, a veces con dureza, casi siempre con frialdad, pero nunca, ni el mejor de todos ellos, el que lo hace con tacto y suavidad, piensa que bajo esa piel que está disfrutando hay un ser humano con una necesidad económica tan grande que es capaz de mantener su cuerpo desnudo bajo el suyo… si pensaran en todas las secuelas que sus actos dejarán en esas mujeres, quizá lo pensarían dos veces antes de pagar por algo que no les pertenece”.

E.E. Superviviente de la prostitución
Me alegro de que la autora haya tenido suerte con sus clientes, a los que veía sólo esporádicamente, puesto que su necesidad no le obligaba a hacer 30 servicios por noche, y que pudiera escogerlos a través de su ordenador, que era como lo hacía. Pero la realidad de la prostitución también incluye a las mujeres que se mueren de frío en la calle, a las que vienen engañadas o están amenazadas de muerte, a las que no tienen otra forma de sustento para sus hijos, a las que su novio, el proxeneta, mete palizas si se niega a ejercer, a las que tienen que enfrentarse a infecciones por tratar de tapar su menstruación ya que no tienen derecho a descansar durante esos días, a las que golpean durante el servicio, a las que rajan durante el servicio, a las que vejan, a las que violan, a las que apalizan y a las que asesinan durante el servicio. Porque no olvidemos que las mujeres en prostitución tienen un 40% más de riesgo de morir asesinadas.
“En mi caso, la prostitución ha sido una etapa crucial de reconstrucción después de la violación. Una empresa de indemnización, billete a billete, de lo que me había sido robado por la fuerza”. Por desgracia parece ser habitual que algunas prostitutas sean mujeres previamente abusadas o violadas, un 45 o 60% en función el estudio, pero lejos de servirles de curación, entre un 60 y 75% (según los estudios de Farley) de las supervivientes sufren síndrome de estrés postraumático, problemas sexuales graves, diferentes enfermedades de transmisión sexual, problemas de suelo pélvico y disociación para tratar de superar las vivencias sufridas como prostitutas, ya que un 80% de ellas son violadas y un 85% golpeadas y abusadas.
Pero la autora sigue sin admitir la parte de ese mundo que muchas tratamos de sacar a la luz. Sólo dedica unas líneas al problema de la trata y lo hace para defender el mercado del sexo. “Chicas ilegales, que trabajan sin dar su consentimiento (por lo tanto no trabajan), que hacen clientes en cadena (¿querrá decir violadores en cadena?), domesticadas por la violación, drogadas, retratos de chicas pérdidas… Así, se acaban extrayendo conclusiones sobre el mercado sexual en su conjunto”. Lo que se olvida de decir, es que estas chicas pérdidas, violadas y esclavizadas, representan el 80-90% de la realidad de la prostitución.
Nuria Valera recopila en su libro “Feminismo para principiantes” diversos datos sobre la trata de personas para el mercado sexual:
“Según Naciones Unidas, cada año, tres millones de niñas entre 5 y 14 años son incorporadas al mercado del sexo”.
“La profesora Koirala… explica que solamente en Asia, más de un millón de mujeres y niñas son vendidas anualmente a la industria del sexo”.
“La prostitución femenina, la pornografía e incluso la esclavitud han crecido escandalosamente con el empobrecimiento, las guerras, las migraciones, efectos multiplicados planetariamente por las posibilidades de Internet, cuyos contenidos en un 45% divulgan y venden este tipo de prácticas”.
En esto la autora de la Teoría King Kong tiene razón, somos muchas las feministas, que nos fijamos más y damos más importancia a esta realidad, que a la del mercado sexual como opción libre de vida, más que nada porque es una de las mayores opresiones que siguen viviendo las mujeres y porque la trata de mujeres es la tercera manera de ganar dinero negro e ilegal del mundo, después del tráfico de drogas y de armas.
Para rematar el capítulo la autora habla de la sexualidad masculina, que como bien dice ha sido educada a ser nociva, violenta y monstruosa. Pero lejos de plantear la necesidad de cambiar esta educación, lo que hace es quitar el peso de la culpa de los hombres, porque, pobrecitos, si los educamos así, tendrán que satisfacerse.

“Es necesario que se avergüencen de su propio deseo, incluso si encuentran satisfacción en un contexto que no causaría dolor, donde ambas partes podrían satisfacerse. El deseo de los hombres debe herir a las mujeres ultrajarlas. Y, en consecuencia, debe culpabilizar a los hombres”. Habla de la prostitución como el contexto donde no se generaría dolor (se olvida una vez más de las vejaciones, palizas, violaciones y asesinatos habituales en la misma), donde ambas partes quedarían satisfechas, una sexual y la otra económicamente hablando. ¿De verdad es incapaz de entender una relación en la que ambas personas se satisfagan sexualmente, o intercambien, además de sexo, intimidad y cariño?
“Pero teniendo en cuenta que el mundo económico actual es lo que es, es decir una guerra fría sin piedad, prohibir el ejercicio de la prostitución en un marco legal adecuado, es prohibir a la clase femenina enriquecerse y sacar ventaja de su propia estigmatizacion”.

Las feministas lo vemos de otra forma, teniendo en cuenta que el mundo económico actual es lo que es, un sistema de opresión de una minoría a una gran mayoría, especialmente femenina, permitir la prostitución y normalizarla en un marco legal, es prohibir a la clase femenina superar el sistema de opresión para desarrollarse laboral y personalmente y dejar que se perpetúe ese estigma. Vamos, que es justo lo contrario lo que busca el feminismo.
Digamos que todo el capítulo podemos resumirlo con estas líneas de la autora:”El pacto de la prostitución <yo te pago y tú me satisfaces> es la base de la relación heterosexual. Hacernos creer que ese contrato es extraño a nuestra cultura es pura hipocresía.” Que hoy en día, una mujer piense que la única relación heterosexual que se puede plantear es bajo esta premisa, es además de falso, muy triste.
La siguiente parte del libro se centra en el porno, explicando cómo, cínicamente, la sociedad dice no consumirlo, pero es un continuo que nos persigue en las redes o en la propia calle, donde las imágenes sexuales nos acosan. El problema que veo es que concibe el porno como la realidad sexual, “se dirige directamente al centro de las fantasías”, “la pornografía es el sexo puesto en escena, ritualizado”… la pornografía no representa la sexualidad humana, sino que la educa, y lo hace respondiendo a las necesidades de esta sociedad patriarcal. El porno no representa imágenes de dos personas, o un grupo de personas, teniendo relaciones placenteras y recíprocas, sino que representa el poder y la violencia sexual que ejercen los hombres sobre las mujeres. No es inocente que el papel sumiso sea el femenino, es más, la mujer pasa a ser, prácticamente un receptáculo de violencia y semen, no una persona activa disfrutando del sexo. A través del porno se trata de educar el deseo sexual, tanto masculino como femenino, normalizando escenas sexuales de violencia y llevándolas fuera de las cámaras. Es verdad que las violaciones no las inventó el porno, pero también es cierto que antes los niños de 8 años ni siquiera podían imaginar este tipo de escenas, y mucho menos, creaban su imaginario sexual en torno a ellas, porque no nos engañemos, el acceso fácil y gratuito al porno en las redes no es sólo para los adultos conscientes y capaces de discernir entre realidad y fantasía.

Dice Despentes, “Nuestras fantasías sexuales hablan de nosotros, en la manera desplazada de los sueños. No dicen nada de lo que deseamos que ocurra de facto”. Pero lo cierto es que las relaciones heterosexuales están cambiando, y lo peor es que cambian también en edades tempranas, así tenemos grupos de adolescentes jugando al muelle, niñas que en el recreo del instituto simulan violaciones grupales, o chicas que utilizan el sexo anal como método anticonceptivo en la adolescencia. Y no, todo esto antes, no estaba generalizado ni normalizado como lo está ahora. Si se leen estudios sobre la sexualidad adolescente los datos son horribles, y el acceso temprano a las nuevas tecnologías tiene mucho (o todo) que ver.
Según Carolina Lupo, colaboradora del proyecto “Educación de la afectividad y de la sexualidad humana” el maltrato y la violencia de género en España están aumentando entre adolescentes y, aunque es un fenómeno multicausal: “se está encontrando la existencia de una notoria correlación entre el consumo de pornografía y un significativo aumento de la pasividad y aceptación de las agresiones física y sexual… En este escenario no solamente se ven afectadas las mujeres, sino en cierto modo también los hombres, que acaban siendo incapaces de ser dueños de su sexualidad. Algunas mujeres se sienten presionadas a crear sus propios vídeos pornográficos o a tomar como normal el uso de la violencia en sus relaciones.

Cuanto más baja sea la edad de exposición y más extremo el material pornográfico, mayor será la intensidad de sus efectos”.
http://www.unav.edu/web/vida-universitaria/detalle-noticia-pestana/2015/07/21/los-jovenes-y-la-pornografia-en-la-sociedad-tecnologica?articleId=6957048
Y aunque Despentes asegure que no todo el porno es mainstream, que no hay un único porno, lo cierto es que el post-porno, el gang bang, el bondage o cualquier otro que nos quieran ofrecer no son lo que se encuentra rápidamente y de forma gratuita a golpe de clic. No es el que se consume principalmente, ni el que educa sexualidades. El gran problema actual del porno no es la grabación de sexo respetuoso o igualitario, que puede darse y no dudo que los expertos encontrarán y disfrutarán, sino la comercialización y el exceso de porno violento y misógino que hay a disposición de cualquiera con acceso a la red.
Una vez más, cuando la autora analiza los “inconvenientes” del tema, no niega ni la violencia ni las violaciones que sufren las actrices, tampoco la baja compensación económica que reciben, ni el estigma que cargan encima, sino que una vez más lo normaliza dentro de esta sociedad misógina: “basta con encender la tele para ver mujeres en posiciones humillantes”. Que algo sea común a otros aspectos sociales no es excusa para aceptarlo. Tampoco es aceptable que trate de culpar a los detractores, como en el caso de la prostitución, de que no nos importa todo lo que les ocurre a las actrices, y no sólo eso, de tratarlas a posteriori como mujeres marcadas. No todos los que nos dedicamos a atacar el porno lo hacemos porque nuestro dios católico así nos lo diga, sino porque creemos que la salud social sexual no pasa por ver a las mujeres como receptáculos de las violencia y poder de la masculinidad más embrutecida.
Despentes acaba, y remata, su libro tratando de establecer una especie de paralelismo entre su teoría y la versión de King Kong de Peter Jackson. Su lectura de la película, difiere por completo de la mía, pero el arte es lo que tiene, la posibilidad de feedbacks infinitos. Así que no voy a tratar de defender a capa y espada que King Kong es macho, o se comporta como macho, ni que la rubia sea casi un objeto, un tesoro a mano de los machos que podría funcionar como mcguffing. No, solo voy a coger su interpretación y ver en que se puede relacionar con su teoría sobre que todas las relaciones heterosexuales se basan en la prostitución de las mujeres a servicio de los hombres.
“King Kong funciona aquí como una metáfora de una sexualidad anterior a la distinción entre los géneros tal y como se impuso políticamente hacia finales del siglo XIX. (¿? Una de las dos tiene que repasar la historia de la sexualidad antes del siglo pasado). King Kong está más allá de la hembra y el macho. Es la bisagra entre el hombre y el animal, entre el adulto y el animal, entre el bueno y el malo, lo primitivo y lo civilizado, el blanco y el negro. Híbrido, anterior a la obligación de lo binario. La isla de la película es la posibilidad de una forma de sexualidad poliforma e hiperpotente… Cuando el hombre viene a buscarla, la mujer duda en seguirle. Él quiere salvarla, llevarla a la ciudad, a la heterosexualidad hipernormativa.”

Continúa un poco después: ” La bella se deja proteger por el más deseante, el más fuerte, el más adaptado. Se ha distanciado de su potencia fundamental. Ése es nuestro mundo moderno.”
Hasta ahí su lectura tiene sentido, el mundo moderno, según la autora, es un mercado en el que las mujeres dejamos de lado nuestra naturaleza salvaje y nuestra sexualidad para venderla al mejor postor, al hombre, sea a través del matrimonio o de la prostitución. A lo que no acabo de encontrar la lógica es a que se conforme en esta idea. Si sabe que la naturaleza de la mujer es otra, si sabe que su sexualidad puede ser diferente a la que nos imponen, ¿por qué se conforma con el porno, con la violenta y nefasta masculinidad patriarcal, con ser una mujer a la venta, en vez de volver a esos orígenes libres de los que habla?

“La feminidad se trata simplemente de acostumbrarse a comportarse como alguien inferior”, ¿por qué acepta ese acostumbrarse?, ¿por qué recoge las migajas económicas que ofrece la prostitución o el porno a cambio de una falsa y mínima libertad?, ¿por qué no busca su isla, su lugar salvaje donde hermanarse con otras hembras y dejar lejos la civilización hipernormativa de la que habla?
Poco antes de acabar firmemente dice: “Quiero obtener más de lo que me prometieron al principio. No quiero que me cierren la boca. No quiero que me digan lo que tengo que hacer… no quiero huir del conflicto para esconder mi fuerza y evitar perder mi feminidad.
Tampoco nosotras queremos, por eso nos negamos a bailarle el agua al patriarcado, nos negamos a mantenernos sumisas y violentadas a cambio de las propinas, nos negamos a aceptar una educacion y una sociedad que nos quiere sometidas y minimizadas a la condición de objeto. Por eso, querida mujer fea, herida, vieja, histérica, tarada, por eso somos feministas radicales.

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